viernes, 17 de marzo de 2017

El bus salió desde Quito hacia el sureste, pasó por Baños y avanzó unos 250 kilómetros por caminos montañosos. Diez horas después frenó en Francisco de Orellana (informalmente, El Coca), la última población del norte de Ecuador a la que se puede acceder por carretera. Lo que siguió fue una sucesión de canoas, ríos marrones y caminatas por pantanos hasta llegar a la selva amazónica.
En la entrada a la ciudad había un cartel que decía Bienvenidos a El Coca, la puerta al Yasuní, un parque nacional declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco y una de las regiones de mayor biodiversidad del mundo.
Apenas amanecía y ya se sentía la humedad y los gritos de los vendedores de excursiones que salían en búsqueda de sus presas.
"¡Hello lady! Tengo este tour de cinco días en un Eco Lodge con agua caliente, internet, ventilador, bar. Mil dólares", dijo un cincuentón con patillas y nariz aguileña. Hizo una pausa y siguió: "Le hago precio, ochocientos ¿okeeey?". Mientras insistía señalaba fotografías de anacondas y turistas con caras pintadas aprendiendo a usar la cerbatana.
Con mis compañeros de viaje esquivamos a los vendedores como toreros y caminamos hasta llegar al puerto. Según la información recolectada aún faltaban dos horas para que saliera la lancha que hacía el recorrido entre El Coca y Nuevo Rocafuerte por el Río Napo para llegar más cerca del objetivo: conocer una de las selvas más vírgenes del mundo.

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